Desde niño, siempre supe que mi espejo no reflejaba correctamente. Al principio eran pequeños detalles: mi camisa tenía un botón desabrochado que yo sentía firmemente cerrado, mi cabello parecía peinado en el sentido contrario… pequeñas cosas que ignoraba, atribuyéndolas a la falta de sueño o la mala iluminación del baño viejo.
Pero con los años, la discordancia empeoró. El reflejo a veces sonreía una fracción de segundo antes que yo. O lo que es peor, parpadeaba de manera desincronizada. Ayer en la noche llegué muy cansado del trabajo y fui directamente al baño a lavarme la cara.
Me mojé, cerré los ojos un segundo, y cuando los abrí, la sombra en el espejo sostenía una toalla oscura. Pero mis manos, palpables bajo el agua, estaban vacías. La figura frente a mí bajó lentamente la toalla. No era yo. Tenía mis ojos y mi nariz, pero la mueca de desesperación y la ausencia de boca revelaban la horrible verdad. Estábamos atrapados. Él adentro, y yo, todavía ignorante.